The Congress: ¿Sueñan los productores con actores electricos?

Una actriz en horas bajas, se ve en la disyuntiva de firmar el ultimo y lucrativo contrato de su carrera para así poder cuidar de su hijo, aquejado de una rara enfermedad, aun a pesar de vender su imagen, y quizás algo mas…

Robin Wright se interpreta a si misma, o a su yo de un universo paralelo, en una propuesta muy interesante del director Israelí Ari Folman, que juega con la realidad, la critica al mundo cinematográfico actual y la lisergica evasión social en una película que si bien resulta muy estimulante, queda por debajo de lo que prometía al principio. ¿Fallida? si, pero también muy interesante, los dos términos no son excluyentes.


Y es que el guion adolece de una falta de foco a veces irritante. La primera mitad del film, totalmente realizada en imagen real, es solida, emocionante y hace que empatices con una estrella como la protagonista del relato, sobre todo gracias a la interpretación de Robin Wright, una autentica delicia.

Durante dicha mitad, se nos presenta el conflicto de un personaje mediático, quien se debate entre conservar su identidad publica y profesional, o vender su imagen definitivamente a la productora Miramount (¿Miramax + Paramount?) gracias a los avances en escaneado 3d de personas, para poder cuidar de su hijo. Prostituirse digitalmente por un hijo podríamos llamarlo. Este primer acto esta plagado de emociones. Los sentimientos de una madre por su hijo, ese amor que es difícil de explicar, esta aquí plasmado con una sencillez apabullante y consigue exponer en apenas tres secuencias lo que Aaron significa para Robin. Es, por si no había quedado claro, mi parte favorita del film, puro amor.

Los problemas de la cinta comienzan con la elipsis que supone una ruptura no solo estilistica de la película (saltamos a los dibujos animados), si no temática también, y es algo que no le hace un gran favor al conjunto. El guion se pierde en mostrarnos un mundo dedicado al cine y al entretenimiento mas puro, basado en el mercadeo de la propia imagen y el hedonismo, olvidándose casi por completo de su leit motiv original, y enarbola una potente critica contra el mundo del celuloide mas allá de los sueños enlatados que en realidad son.

La realización técnica es preciosa. La animación sublime y los diseños y lo imaginativo de las imágenes que se nos muestran animadas ya merecen por si solas el visionado de la película. Pero rompen de tal manera el esquema del drama original que uno no puede evitar sentirse perdido, e incluso en algunos tramos, el barroquismo que invade la pantalla provoca mas bostezos que otra cosa.

Durante este tramo la película se pierde en  un discurso acerca de la propia imagen y del valor del yo en un mundo en el que todo puede ser replicado. Con una fantasía acerca de una industria del cine casi totalitarista, y en medio de todo ello construye una endeble historia de amor mientras abandona a la protagonista en una visita guiada en un mundo animado. Un largo discurso adornado de bella animación nada mas.

Con la torpe solución de una pastilla que te devuelve al mundo real sin remisión (o no, como veremos mas adelante) la película vuelve a la imagen real, mostrándonos (muy brevemente) un mundo sucio, dejado, triste en contraste con la opulencia de la sociedad animada que viven los habitantes que han abandonado su yo real, e incluso su salud, en aras del entretenimiento mas inmersivo. La metáfora es clara y trasladable a nuestra realidad.

La parte final de la cinta se muestra como un desenlace apresurado en el que se pasa de puntillas por la división social que provoca el viaje lisergico animado,  que deja atrás un mundo real y gris, y el guion conduce a nuestra protagonista por una forzada carambola argumental en la que el viejo medico de Aaron, la devuelve de nuevo a los dibujos animados, ahora si, recuperando el tono inicial, dando un precioso cierre a la historia de amor entre una madre y su hijo.

Pensando en lo visto da la sensación de que en realidad hemos visto dos historias totalmente diferentes, y el film nunca se centra sobre ninguna de ellas. La película se rompe hacia la mitad y  uno no sabe si hubiese sido mejor haberla convertido en dos episodios de Black Mirror. El guion une endeblemente las dos mitades sin conseguir crear una mezcla homogénea que permita pensar en un todo. Y aun así, tiene la virtud de dejar en nuestra memoria potentes reflexiones y escenas, como la de la triste digitalizacion de Robin, con un Harvey Keitel enorme, o la animada ejecución de ella a manos del malvado productor.

A veces, por mucho que tengamos dos bellas historias, la suma de las partes no tiene que funcionar. Es el caso de The congress, en la que una bella factura técnica (tanto real como animada) y dos interesantisimas reflexiones, no cuajan la una al lado de la otra. Y aun así, debo recomendaros verla. No es perfecta, ni falta que le hace para provocar en nosotros sentimientos y reflexiones como solo la buena ciencia ficción puede hacer.

2 comentarios en “The Congress: ¿Sueñan los productores con actores electricos?”

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