Breaking Bad: el gran azul

Ha pasado ya tiempo desde que Walter White miraba al cielo en mi televisión. Y hasta ahora nunca me había planteado hablar de Breaking Bad en Frikerio. Confieso que tras cada temporada, me obligaba a mí mismo a descansar durante un tiempo, antes de comenzar a ver la siguiente. Breaking Bad era un reto emocional exigente y quizás por eso, ahora que ya hay distancia entre el presente y aquel momento, puedo hablar del viaje que supuso para mí la creación de Vince Gillighan.

SPOILERS AHEAD!

Ese punto de partida, a caballo entre la realidad más increíble y la ficción más mundana, me atrapó desde el primer momento. Un hombre, empequeñecido por la vida, cargado de responsabilidades, que ante la peor de las noticias, se convierte en quien realmente es. El mazazo del Cáncer, el abismo económico y la entrada en su vida de Jesse, son el pistoletazo de salida al que es, probablemente, el mejor desarrollo de un personaje que la televisión ha visto.

Walter White decide fabricar metanfetamina, la mejor, para conseguir que su familia no quede arruinada tras su muerte. Ese es su único objetivo aparentemente, sin saber que lo que realmente está a haciendo es caminar por el lado oscuro de la vida antes de decir adiós, quiere vivir de verdad. Salvar a su familia económicamente no es más que una consecuencia colateral.

La serie nos obliga a mirar durante el camino. Vemos un matrimonio rompiéndose y una familia construida sobre mentiras. Y Walter lo hace sin dudar. En ningún momento se lo plantea. Incluso tras ese increíble momento que es la revelación de que su cáncer ha remitido del todo, no desiste en su empeño. Él es Heisenberg. Al igual que Clark Kent es realmente Superman.

La destrucción que provoca a su paso es triste. Vemos a un hombre en quien confiábamos acabar con la novia de su colega, envenenar a un niño… y mirar a la cara a su cuñado tras casi acabar con él. Manipular a Jesse hasta casi su destrucción, mentir a su mujer e incluso desechar vidas de conocidos y desconocidos .

Por el camino, auténticos hitos de la realización televisiva. Esa iconica imagen de Walter en calzoncillos delante de la caravana. El episodio de la mosca o el asalto al tren. todo ambientado en parajes que pocas veces las producciones americanas nos muestran. Una América diferente, fronteriza  y desconocida.

Lo mejor de la serie es que te unes a Walter en su transformación, con un sentimiento de aventura al principio, apoyándole y disfrutando del viaje, hasta que te das cuenta que no hay marcha atrás cuando todo se tuerce. El desarrollo ha creado un monstruo delante de tus narices, y has disfrutado de ello. Es el momento en que comienzas a sufrir ya no por Heisenberg, si no por su familia, y por todos los que le rodean.

Solo al final, Walter asume su condición de villano. Solo al final es capaz de vocalizar lo que todos ya sabíamos. En una escena rodada con una elegancia inusitada, confiesa a su mujer que todo lo hacía por el mismo. Y punto. Solo al final se terminan las mentiras. Es el único momento de redención de Walter, el decir la verdad a los demás y a si mismo.

Y termina como solo podía terminar, yaciendo al lado de su creación más preciada, esa anfetamina azul que le dio la vida. Y a nosotros, una de las mejores historias que ha desfilado por la televisión.

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