Glass: Lo que nos hace únicos

Sentimientos encontrados. Eso es lo que me ha producido el visionado de Glass, último film de M. Night Shyamalan y cierre de la trilogía superheroica comenzada con Unbreakable hace ya casi 20 años.

¿Me ha gustado? Si. ¿Me he aburrido? ni mucho menos. ¿Es una buena película? no estoy seguro. Glass es un film imperfecto a muchos niveles aunque, como ya sabéis los que me leéis, tengo especial querencia por este tipo de películas. Y, sintiéndolo mucho, son las que más me hacen pensar y escribir. Se acerca tocho, y SPOILERS.

Glass tiene todos los elementos del director de Philadelphia: un ritmo pausado, un mensaje claro y una estructura en tres actos perfectamente delimitada. La típica fotografía fría del director, y un ambiente lacónico y triste. Un uso del color soberbio, como siempre, y una dirección elegante. Como su nombre indica, en esta ocasión el foco está puesto sobre Elijah, aunque al principio no lo parezca, ya que no hace acto de presencia hasta el segundo acto de la historia. Aunque eso sí, la película gana enteros en cuanto nuestro querido Samuel L. Jackson abre la boca.

Es una película totalmente basada en sus intenciones, con una coherencia interna clara y Shyamalan no se separa ni un ápice de lo que quiere contar. Ha venido a hablar de su libro y punto. El problema de esto es la dejadez con la que trata otros elementos. El foco esta tan colocado sobre los tres protagonistas, que el resto de cosas se diluyen, dejando al film totalmente desprovisto de un marco real y sólido. Ejemplos de esto son los muchos agujeros de guion que posee, y que debes rellenar con mucha fe. ¿Cómo se deja la puerta abierta el celador? ¿Un sanatorio casi sin vigilancia? Y así multitud de detalles que dejan un endeble escenario, por mucho que los personajes principales y su desarrollo sean sólidos.

Ese foco tan concreto, hace que a veces Shyamalan sea demasiado explicativo para con las intenciones de sus personajes. Don Cristal verbaliza demasiado su visión del mundo y, por ende, la de Shyamalan, siendo en muchas ocasiones innecesaria tanta explicación. Pero claro, hablamos de una secuela de El Protegido, estrenada cuando esto de los comics era para raros y el público general no tenía ni idea de quienes eran Magneto o Aquaman, y Glass mantiene aquel tono didáctico acerca del noveno arte aplicado a la vida real que conforma la filosofía de Don Cristal.

Pero si tiene tantos defectos ¿cómo es posible que las dos horas pasen con tanto interés, teniendo en cuenta el ritmo que Shyamalan imprime a sus películas? Porque, por mucho que se le critique, Shyamalan es un director prodigioso. Casi todas sus películas me han decepcionado a tramos en su primer visionado, para, tras darle vueltas, alzarse en obras maestras del celuloide en una segunda revisión. Viendo el modo en el que está mejorando solo con escribir sobre ella, estoy seguro que un segundo visionado elevara más, si cabe, mi percepción sobre ella.

Glass crece al pensar sobre ella. No es El Protegido, no es Múltiple, es algo diferente. Una película muchísimo más consciente de si misma que aquellas. Shyamalan dice en una entrevista que “no sabía si tendría pelotas para rodarla” y no me extraña.

Es una carta de amor a los tebeos, como lo era su primera parte. Es un ejercicio de meta-cine, meta-cómic y meta-Shyamalan, en el que nos cuenta, de forma enterrada, cuál es su visión del cine, y por extensión, del mundo del entretenimiento. Un mundo que entierra lo raro, lo increíble y lo especial, con capas y capas de rutina y normalidad. Nos relata como el creador es, consciente y repetidamente, vapuleado, por no ser igual, por no adaptarse a una corriente determinada. Es una celebración de la individualidad y de lo que nos hace únicos.

Ese ahogar lo extraordinario, es en realidad el centro de la historia. Y Shyamalan tiene razón. Muchos lo verán como un ejemplo de egolatría supremo, pero no se puede negar el acierto al describir dicha realidad. Shyamalan, al igual que Don Cristal, escupe al mundo una realidad: Que hay más, que no todo se limita a lo de siempre, que todos podemos ser especiales. Tras intentar convencernos, con el pausado tramo intermedio de la cinta, de que nuestros tres meta humanos son locos con ínfulas, nos regala un final épico, un enfrentamiento físico brutal, y una conclusión triste, muy triste.

Sin embargo, el epilogo, nos muestra dos sorpresas marca de la casa. Una de ellas, totalmente superflua: la innecesaria trama de los conspiradores que se dedican a ocultar a los superhéroes al mundo no hace falta, aunque encaja con el discurso del director. El último giro, maravilloso, coloca de nuevo a Don Cristal como director de orquesta, y con una póstuma victoria que lo es todo.

Glass es una conclusión más que digna, emocionante y coherente, de una trilogía que, bajo mi punto de vista, es la más interesante traslación del noveno arte a la gran pantalla. Desde luego, necesitamos más cine así.

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2 comentarios en “Glass: Lo que nos hace únicos”

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