Y el Invierno se fue

Ocho años que se dice pronto. Tras 71 episodios de traiciones y alianzas, de muertes y fornicios, la adaptación de la obra de George R.R. Martin llega a su fin. Bueno, adaptación no, reimaginación que se dice ahora, al menos desde que la serie comenzó a desviarse de los libros del autor.

Estas dos últimas temporadas han sido agridulces. Si bien la serie nunca se ha convertido en una de mis favoritas, e incluso en cierto momento comencé a cogerle cierta tirria cansado de oír como la gente la elevaba a los altares como si no existiese ninguna otra serie más, siempre la he disfrutado. Reconozco que con sus más y sus menos, el culebrón de las casas Stark y Lannister engancha. Por mucho que me joda el abandono que las tramas más fantásticas han sufrido a manos de sus showrunners. Como si tuviesen miedo a que los elementos más fantásticos espantaran a la ingente cantidad de fans no frikis que consumen la serie con ansia, esperando la penúltima traición de alguno de sus personajes.

SPOILERS AHEAD!!!

Porque no nos engañemos, Juego de tronos ha tenido éxito por sus crudeza a la hora de mostrarnos sexo y violencia y por su habilidad al ahora de tejer entramados políticos y familiares dignos de Falcon Crest. ¿Es eso malo? ni mucho menos, pero en ocho años siempre he esperado algo más.

Ese “algo más” se nos ha dado con cuentagotas y ha sido ninguneado, y en esta última temporada ha sucedido lo mismo. Años con la cantinela de Winter is coming, con la noche eterna y con los muertos cruzando el muro, para terminar dicha trama en un único episodio y a mitad de temporada. ¿Pero esto que es? Si bien el episodio 8×03 es un portento y un hito televisivo (y cinematográfico me atrevería a decir), queda cojo por su condición de relato único y cerrado en sí mismo, además de por no suponer ningún cambio ni influencia en hechos posteriores. Como si solo sirviese para diezmar al ejército de Jon y Kalesi con el fin de igualar las tornas en el enfrentamiento final con Cersei.

Y Kalesi, que decir de este personaje. Madre de dragones, La que no arde, Daenerys de la tormenta, Rompedora de cadenas, Manipuladora de Starks, Reina de las cenizas y Creadora de títulos grandilocuentes. Su trama me ha resultado durante la totalidad de la serie un auténtico coñazo pero bueno, parecía ser la única con criterio, determinación y cabeza como para poner orden en Poniente. Y de repente la convierten en una tarada megalomaniaca y ponen a todos sus aliados a dudar de ella. Era la salvadora, y en tres episodios se convierte en una villana más. Que si, que ya sabíamos que era un poco tirana y que a veces se le iba la mano, pero en media temporada dar ese giro, me parece una falta de previsión enorme. Si al menos hubiese ido sucediendo con un plan a medio plazo…

Ay si supieras…

Pero bueno, voy a frenar un poco que parece que no me ha gustado la serie, y acabareis preguntando que para que me he tirado viéndola todo este tiempo.

Tras dos episodios bastante tranquilos e insustanciales, en el que se nos colocan todas las piezas en el tablero, uno de los grandes triunfos de la temporada ha sido la Batalla de Invernalia. Esa dirección seca, agobiante, acompañada de una (criticada) fotografía oscura supone un perfecto ejemplo de como narrar una batalla. Si, recuerda a la batalla del abismo de Helm, demasiado, pero no hay que quitarle méritos por ello. Unos tiempos perfectos, una atención a sus personajes medida y sin altibajos, y un final de infarto (por mucho que se use el recurso de mata al rey y el resto caen) lo convierten en uno de mis capítulos favoritos de la serie. Eso, y que por fin parece una serie de fantasía heroica. Aunque a veces chirrían sus escarceos con el fan-service (en ocasiones parece un fan fic, como la batalla final de Harry Potter en Hogwarts) y su falta de valor para matar personajes capitales, una vez mas, como dejando toda la chicha para el enfrentamiento entre las casas.

Ay si supieras…

Y la cosa se vuelve a torcer con los episodios 4 y 5. Bueno, en realidad, el cuarto si está bien. Juego de tronos haciendo lo que mejor sabe hacer. Es un episodio centrado en los personajes, en dejarlos preparados para un final. Cerramos tramas, relaciones y amoríos. Con especial mención a las ocurrencias de nuestro querido matagigantes, quien protagoniza los mejores momentos de la celebración, mientras en la mesa de los novios, ejem, todos ponen casa de rancios. Un personaje querido como Brienne obtiene una ansiada demo gratuita de amor de Jaime, quien acaba finalmente rompiéndola el corazón y haciendo lo único que sabe hacer, amar a Cersei. Jaime es probablemente uno de los mejores personajes que han escrito en Juego de Tronos. Su despedida de Tyrion es también sincera y emocionante, por eso jode que muera, porque está perfectamente escrito.

Ay si supieseis…

Y como si nada hubiese pasado, como si los caminantes blancos fuesen un mal sueño, allá que van todos a fastidiar a Cersei. Una Cersei, por cierto, que no pinta absolutamente nada en esta temporada. La gran villana, la gran hija de puta, queda incluso redimida en su culpa, y en su amor por sus hijos y por Jaime. Sin venganzas, sin dobles juegos, sin sorpresas. Obtiene incluso mejor final que otros personajes mas queridos, pero así es Juego de Tronos. Y así, se desarrolla la batalla, no, batalla no, la masacre de Desembarco del rey. Todos nuestros amados personajes, Tyrion, Jaime, Jon, Sir Davos, consiguen lo impensable, que la ciudad se rinda, que no haya derramamiento de sangre, hasta que a la demente de Daenerys se le va la puta olla, y asistimos a un nuevo capítulo de horror, muertes y destrucción. Gargantuesto, innecesario y desprovisto ya de toda emoción. Al menos el final lleno de fisicidad del Perro emociona.

Ay si supieras…

Y es cuando entiendes la falta de minutos dedicados a Cersei. La villana no es otra de Daenerys, y eso pesa mucho en una temporada de 6 episodios en la que ha habido tres villanos capitales. Un rey de la noche que se quedó en nada, una Cersei en punto muerto y una Daenerys que si, se eleva como una autentica amenaza, pero en muy corto tiempo, lo que hace que tu suspensión de incredulidad se tambalee. Sobre todo teniendo en cuenta también la rapidez con la que Tyrion y Jon gestan su complot y asesinan a la nueva reina, sin ni siquiera haberse sentado en el trono. Trono que se verá destruido en una escena espectacular, pero hasta ridícula, como si el Dragón estuviese diciendo “me teníais harto ya con los tronitos y vuestras mierdas, ala”. Muy poético pero demasiado ridículo.

Pero para ser justos, el último episodio de la serie, me ha parecido un bonito homenaje a todos los personajes más queridos, y un final equilibrado, no demasiado sorprendente, pero si lógico y, seguramente, el mejor posible.

Ay si supieses…

Conservamos vivos a los más queridos personajes y los que más sentido común han tenido: Sir Davos, Tyrion, Sam, Brienne, Bron, todos ellos en una posición de poder, dirigiendo Poniente en nombre de Brann, el Rey de todos los hombres propuesto por nuestro gnomo favorito. Es una decisión bastante loca, sobre todo por la unanimidad de todas las partes implicadas a la hora de votar (genial el momento democrático de Sam, que me dio hasta miedo de llegar a cumplirse) pero es tan lógica, que es posiblemente la mejor de las opciones. Sobre todo porque Brann será un rey ausente, pendiente de la historia, y deja en manos de Tyrion y sus colegas la gestión del reino, los que más sabiduria han acumulado a lo largo de esta historia. Gracias Tyrion.

Por otro lado, me encanta la decisión de conseguir, que, en cierto modo, los Stark, los herederos del querido Ned Stark, sean los que reinen en todo Poniente. Si os fijáis, Brann es el rey de Poniente, Sansa lo es en Invernalia, Jon marcha a liderar a los salvajes mas allá del muro (lugar al que debe pertenecer) y Arya a descubrir nuevos territorios para su casa. En una suerte de justicia poética, los Stark son los auténticos ganadores de este Juego de Tronos.

Ay si sup… ¡ah no! que este ya lo sabia todo.

En fin, Juego de tronos se fue como vino, lleno de entramados y líos familiares. Nunca quiso ser algo mas ni equilibrar su, por otro lado evidente, inspiración Tolkiniana con su vocación de culebrón. Aunque bien es cierto que nunca intentaron ocultarlo, y ha sido constante e inquebrantable en su visión durante ocho solidas temporadas para llevarnos a un final correcto, emocionante y lógico aun a pesar de dos temporadas finales excesivamente irregulares. No echare de menos a los pesados que parece que no ven otra serie que esta, pero si a las historias de Poniente y sus personajes, y a su maravilloso Opening y tema musical, seguramente lo mejor de la serie.

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