Scanners, la del tipo al que le explota la cabeza

Así es. Scanners (David Cronenberg, 1981) siempre será conocida por ser la película en la que a un tipo le revienta la cabeza en primer plano. Un efecto que, todo hay que decirlo, sigue convenciendo hoy, casi 40 años después de su estreno. A ello ayuda un momento previo de tensión y espasmos alargados hasta el paroxismo, uno de los tantos recursos que Cronenberg exhibe en, la que podemos considerar, su primera evolución cinematográfica.

Porque los trabajos previos del director canadiense, sin ser malos, si adolecen de cierta falta de estilo y elegancia a la hora de rodar, como si a Cronenberg no le interesase más que mostrar a sus personajes con sus enfermedades, sin pararse a pensar en luces, sombras, planos o estilismo. Afortunadamente, Scanners confirma lo que se venía adivinando en Rabia y Cromosoma 3: que Cronenberg aprendía rápido y que su estilo comenzaba a adquirir una solidez que no pararía de crecer hasta bien entrado el nuevo milenio.

Scanners sigue mostrando las filias habituales de su creador. A saber, malvadas corporaciones, enfermedades, medicina y “body horror”, aunque sería un error reducir el film a esas variables, o a no ver más allá de la famosa cabeza explotando.

La presentación del personaje protagonista, un perdedor maltratado por su enfermedad, es extraña y, aunque sigue las pautas de un héroe clásico, con maestro incluido, no se acoge a los tópicos del género. Un apunte: el actor protagonista, Stephen Lack, ofrece más de lo que aparenta en un principio. De hecho, me atrevería a decir que pese a su condición de película de género y presupuesto modesto, no hay interpretación que baje del notable en todo el film. A destacar un Patrick McGoohan estupendo (me encanta el repanchingamiento que añade a su personaje cada vez que aparece sentado) y a Jennifer O’Neill que llena la pantalla cada vez que sale en plano. Como decía, la dirección de actores es soberbia, sacando lo mejor de todos.

Cronenberg, gracias también a la partitura de su inseparable Howard Shore, utiliza de manera hábil, pero también premeditadamente molesta, el sonido, convirtiendo el relato en un viaje sonoro muy interesante. Siempre lo he comparado con David Lynch, aunque sus objetivos no se parezcan en nada. Mientras Lynch intenta conseguir una emoción o sensación pura, Cronenberg es más directo y pragmático, utilizando el subrayado sonoro para explicar algo tangible.

Visualmente es una película fría, pero con geniales hallazgos que van más allá de sus efectos visuales. Aunque a Cronenberg aún le quedaban cosas que aprender acerca del ritmo. No obstante, la película llega a hacerse algo pesada hacia la mitad del metraje, convirtiéndose en una serie de set-pieces una detrás de otra. Aunque es mas culpa del guion que del montaje. Y aun así, siempre es visualmente interesante. Me encanta la escena del hackeo al ordenador, con unos planos geniales del interior de las computadoras rodados con maquetas y con pulso elegante.

Pensabais que me había olvidado de Michael Ironside cuando he hablado de los actores, ¿verdad? Su interpretación como el malvado Revok es el arma secreta de la película. Un villano que da miedo. Un personaje inteligente, oscuro y misterioso, al que se nos va presentando en pequeñas dosis hasta llegar al enfrentamiento final, un final también alargado hasta la extenuación, contado con habilidad teniendo en cuenta los recursos de los que disponían y que es un crescendo de tensión infinita hasta su resolución. Jamás olvidaremos esas venas del tamaño de longanizas y esas caras de Revok, que sospecho utilizó como referente Ian McDiarmid para su famoso “poder ilimitadooooo” del Episodio III de Star Wars.

En fin, una muestra del mejor cine de género de los 80 y el punto de partida para un nuevo peldaño en la carrera de su director, quien no pararía de filmar maravilla tras maravilla del fantástico durante unos cuantos años más.

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