Conde Cero

Hace ya más de 20 años que leí Conde Cero y, si bien Neuromante permanecía grabada a fuego en mi cabeza, no me ha sucedido lo mismo con esta secuela y, al releerla, me he encontrado con algo bastante diferente a lo que recordaba. La segunda novela de William Gibson transcurre en el mismo universo que Neuromante, pero no continua directamente ninguna de las tramas de esta. Los personajes son nuevos, las situaciones también, y el escritor depura su estilo hasta convertirlo en algo muy diferente a su novela debut. Su forma de escribir tiene menos aristas y la acción es más sencilla de seguir. Además, comienza a jugar con las narraciones en paralelo, característica que ha mantenido a lo largo de los años.

La historia sigue a tres personajes muy dispares. Un aspirante a Hacker llamado Bobby (el Conde Cero del título), que se ve metido en problemas por haber utilizado un peligroso software en la red. Un mercenario de vuelta a la acción en la difícil misión de rescatar a un trabajador de su contrato de trabajo. Y por último, una marchante de arte caída en desgracia que es contratada por un multimillonario para encontrar al artista de unos misteriosos objetos.

Los puntos de partida son muy interesantes todos y plantean ideas culturales y místico-religiosas excepcionales. En el caso de Turner, con el cual comenzamos la narración, la acción se desarrolla rescatando a un hombre que quiere salir de su empresa por la puerta de atrás. Es uno de los muchos detalles que la sociedad que Gibson imagina posee. Esas empresas, megacorporaciones que atan de por vida a sus talentos con contratos draconianos para no dejarles escapar, los prefieren muertos antes que en manos de la competencia. Ante la idea, muy interesante, tenemos sin embargo una trama más bien anodina y a un personaje, Turner, que es el más plano de todos los protagonistas principales. Parece como si el personaje se viese obligado por las circunstancias a estar en el lugar y momento adecuados, convirtiendo su desarrollo en el más forzado de todos.

El Conde Cero, Bobby, protagoniza la trama menos adulta. De hecho, el libro se ve contagiado por ello y haciéndolo mucho más ligero que Neuromante, pareciendo en ocasiones una novela juvenil. A ello ayuda la prosa de Gibson, muchísimo más clara que en su debut. Conocemos al aspirante a vaquero a punto de morir en la matriz para posteriormente ser salvado por una entidad desconocida. El elemento mistico introducido por el autor, nos presenta a los creyentes en una especia de religión relacionada con la red. Tras la liberación de las IAs en Neuromante, muchos ven estas inteligencias que aparecen en la red como dioses, mezclando Gibson el concepto con el vudú, y creando un misticismo digital apasionante. Ese misticismo, esa religiosidad acerca de lo que sucede en la red, es el concepto que más recordaba de la novela y el que más me dio que pensar, entonces y ahora. Aun hoy, es una idea poderosa.

También apasionante es el periplo de Marly, que es casi como un boceto preliminar de Hollis, protagonista de dos de sus libros de la “Trilogía Blue Ant”. Como personaje es el más interesante de todos. Tiene un pasado, un fracaso, quiere levantarse y continuar, por más sospechoso que sea el trabajo que le ofrece Josef Virek, un mecenas multimillonario y decadente, interesado en encontrar al hacedor de varios objetos artísticos que despiertan la emoción y que acongojan a los que los observan. Aquí el autor vuelve a seducirnos con esos contrastes entre arte y tecnología, entre clásico y moderno, entre un futuro y un pasado barrocos. Si hay un tema que Gibson ha abrazado en casi todas sus novelas, es el del arte como factor y a la vez resultado del mundo que nos rodea. Esos raros objetos que son el punto de partida de la aventura de Marly, son terrenales, pero también casi mágicos. Gibson se posiciona definiendo el arte como algo inexplicable, como emoción pura. Y lo entremezcla con su visión tecnología del mundo y su filosofía acerca de lo que nos hace humanos.

Las tres tramas, por más separadas que estén, acaban juntándose en un final contrarreloj, plagado de incursiones en la red, de apariciones fantasmales digitales, tribus urbanas, amenazas físicas, dedos cortados y paseos espaciales. Esa es la gran habilidad de Gibson: coger y juntar en una coctelera tan diferentes ideas y darlas una forma y un propósito en un mundo hecho a su medida. Su facilidad para construir entornos creíbles, y a la vez evocadores, del futuro no tiene rival. Los lugares, la jerga, la atmosfera es algo que maneja con maestría para hacerte sentir como nadie dentro de la acción.

El final, sorprendentemente luminoso, queda perfectamente cerrado dando la sensación, de nuevo, de haber leído una novela muy ligera. Reformula su propuesta consiguiendo limar asperezas en su forma de narrar y consiguiendo una lectura mucho más amena y familiar que en su debut. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la aparente domesticación de la prosa del autor. Entre aventuras y carreras, nos muestra un mundo creíble, cercano ya, y unas ideas y acercamientos a los conceptos de humanidad contra máquina, que son autentica filosofía en sí mismas. El arte como singularidad humana se deshace en el entorno que Gibson propone, repleto de entidades sentientes que toman decisiones y que desdibujan la idea que tenemos de lo que significa ser humanos.

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