Mona Lisa Acelerada

La llamada Trilogía del Sprawl finaliza con esta Mona Lisa acelerada (Mona lisa overdrive, 1988) en donde William Gibson vuelve a recuperar ese desorden, esa inaccesibilidad aparente que inundaba Neuromante, sin abandonar del todo lo ganado en Conde Cero. Las páginas de este libro nos devuelven a personajes capitales como Molly o 3Jane, dando un final a una saga que al principio no parecía serlo. Es, probablemente, mi entrega favorita de esta trilogía.

En esta ocasión, Gibson nos narra la historia desde cuatro puntos de vista. Ello convierte al relato en algo muy dinámico. Los capítulos se reducen en extensión, y la sensación al leer la novela es de pura adrenalina y velocidad. Esa sensación de ver como personajes que ni siquiera van a cruzarse en la novela se vean afectados por los actos y decisiones de otros es uno de los grandes puntales de la escritura del autor canadiense. Y me encanta

Los personajes son a cada cual más interesante. Kumiko, hija de un importante Yakuza japonés, es enviada a Londres con el fin de ponerse a cargo de Swain, que ejercerá de protector de la chica. Slick Henry, es un ex convicto que malvive en los restos de una fábrica, junto a Gentry, un vaquero del ciberespacio, mientras construye unas intimidantes obras de arte con forma de enormes robots asesinos. Mona, una prostituta adicta al Wiz, pretende comenzar una nueva vida gracias a un negocio de su novio/chulo. Y por último, Angie, personaje que repite presencia en la saga, convertida tras Conde Cero en una estrella del estim, que debe luchar contra sus demonios interiores a la vez que redescubre su relación con la red y las deidades que comienzan a poblarla.

Todos los puntos de partida, sin relación alguna entre sí, son viajes de autodescubrimiento para cada uno de los personajes. Nos ponen en diferentes mundos y circunstancias, dándonos interesantes puntos de vista acerca de la realidad que los rodea. Me es difícil elegir, pero mis tramos favoritos son aquellos relacionados con La fábrica y con Mona. En ambos, personajes totalmente rotos intentan dejar atrás un pasado oscuro, pero de maneras muy diferentes. A pesar de tener mis preferencias, no hay ninguna trama aquí que me haya resultado aburrida, al contrario de lo que me sucedió con la de Angie y su rescate en Conde Cero, y William Gibson construye una novela sólida y equilibrada.

Entre tanta trama y personajes, vuelven algunos viejos conocidos. Molly, aquella implacable asesina de ojos espejados que conocimos en Neuromante, hace acto de presencia de modo crepuscular. Sigue siendo letal, pero los años no pasan en balde. El Conde Cero, Bobby Newmark, un chaval llevado por las circunstancias en la novela anterior, es aquí una carga para algunos personajes, a la vez que motor del cambio que sucederá en la matriz. Y nuestro querido Finlandés vuelve, pero solo en forma de memoria. Muerto ya, no es más que una copia digital de sí mismo alojado en una caja en un callejón, donde ejerce de oráculo para quien quiera escuchar.

Como veis, todas las ideas de Gibson siguen siendo de genio. Propone y desarrolla algunos conceptos interesantísimos. ¿Es una copia digital la misma persona que fue en vida? ¿Es posible traspasar las barreras de la carne para existir de modo solo virtual? Y el corazón de la novela ya apuntado en la entrega previa, ¿es posible que la red, suma de los datos del ser humano, desarrolle conciencia de sí misma?

Gibson sigue volviendo sobre otro de sus temas favoritos. El arte, en esta ocasión, está presente de modo meramente circunstancial, con la excepción de la trama de Slick, el ex convicto que lucha contra sus traumas construyendo unos enormes robots: El Juez, La Bruja y Los Investigadores que le permiten afrontar y expresar lo “no vivido” en la cárcel. Ay, maldito Korsakov…

En medio de este aparente caos, se da un final a la trama de la red sentiente, de la mega inteligencia que toma conciencia de sí misma en la red, y de las entidades que van surgiendo dentro del ciberespacio. No entrare en detalles para no fastidiar la novela, pero es un reflejo distorsionado del final de Conde Cero a la vez que un desenlace altamente satisfactorio.

Como curiosidad, si os suena el nombre original de la novela, Mona Lisa Overdrive, y no la conocíais, quizás sea porque da título a uno de los temas que John Davis compuso para Matrix Reloaded. No en vano, Gibson es una de las grandes influencias que Las Wachowski reconocen en la escritura de su obra capital.

William Gibson cierra su primera trilogía de modo ciertamente brillante, dotando de coherencia al universo iniciado con Neuromante. A la vez, revalida su título de maestro a la hora de imaginar futuros cercanos y de mostrarlos a pie de calle, con sus personajes imperfectos viviendo esos mundos que nosotros mismos ya comenzamos a recorrer.

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